martes, 27 de septiembre de 2011

Recta final con pocos corredores

Aunque parezca mentira, ya estamos a punto de entrar en la recta final de la campaña electoral más larga y más extraña de nuestra historia. La más larga porque comenzó allá por marzo de 2008 con el conflicto entre el Gobierno Nacional y los productores agropecuarios. En ese momento, soñaban con tener a Cobos como inquilino de la Casa Rosada. Cada uno de los opositores pregonaba, descalificaba, insultaba, proponía, amenazaba como si fueran dueños de la voluntad popular. Claro, el decreto de las retenciones móviles significaba un atropello de la plebe para con los patricios de la oligarquía nacional. Y como dueños de la verdad absoluta, acostumbrados a marcar el ritmo del relato, enceguecidos por la propiedad del discurso único, comenzaron a jugar con los símbolos. Y como malos intelectuales que son, les salió mal. Quisieron ser El Campo, La Tradición, La Cultura, El País. No les dio el cuero. A pesar de que el Gobierno Nacional parecía derrotado, siguió adelante. Avanzó para desmantelar la coraza que los protegía: la ausencia de política. Mientras los patricios seguían embarrando la cancha, los representantes legítimos la politizaron. Poco a poco comenzaron a llenar de política a los argentinos, destruyeron viejos símbolos y presentaron otros nuevos y lo que parecía imposible lo hicieron concreto.
Y por eso estamos comenzando una campaña electoral extraña. Desde el retorno a la democracia, es la primera vez que no se vota en medio de una crisis; que se vota por un modelo; que se vota convencido de que hay mucho más para hacer; que se sabe con certeza que el porvenir será mucho mejor. Y los más extraño es que hasta los opositores están convencidos de eso y apenas logran disimularlo. En definitiva, son opositores y deben mostrarse como tales, aunque ni ellos se la crean. Como opositores que son tienen que resistirse, aunque ya no sepan cómo. No advierten que de esa manera están cada vez más solos. No se dan cuenta de lo patéticos que resultan. No todos son así. El otrora anestesista y actual gobernador de la invencible Santa Fe, Hermes Binner, aceptó la realidad y estas elecciones –según él- servirán para posicionarse de cara al 2015, cuando supere los setenta años. De cualquier modo, seguramente no será capaz de resistir los embates de las corporaciones económicas ni de los sectores financieros. Tampoco hará oídos sordos a los cantos de sirena que susurran la necesidad de achicar el gasto público, de hacer ajustes, de disminuir la influencia del Estado en la vida económica de nuestro país. Como no es muy político, para garantizar la gobernabilidad deberá abandonar poco a poco la política en beneficio de Su Majestad, La Economía. Y el Alberto, que es incomprensible, extemporáneo, increíble en el contexto actual. Con cumbias y propuestas desideologizadas, parece un candidato escapado de un lugar mágico.
Los otros políticos de la oposición –Duhalde, Alfonsín, Carrió- parecen no encontrar el rumbo (Perdón, separo a Elisa Carrió del trío porque no sé en qué está la Coalición Cívica en este momento, en qué lugar del globo estará estallando en mil pedazos. Ahora, sigamos). Lo único que hacen es responder a una agenda no-política dispuesta en bandeja descartable por los medios en-otros-tiempos-hegemónicos y ahora con dominio decadente. Agitan fantasmas que no existen, anuncian catástrofes que no llegan, denuncian fraudes que no son tales. Se podría decir que se “carriotizaron” (¿será por eso que Carrió no nos hace falta?). Estos políticos opositores ya se saben derrotados y por eso tiran tarascones como perros ciegos. Están así porque abandonaron la política hace rato. No se puede hacer política sin construir. No saben construir porque abandonaron la política. O viceversa. Representan una negación de la necesidad de construcción. Sólo prometen y amenazan; denuncian y rezongan; farfullan incoherencias alucinantes. Y la mayor parte de los votantes entendió que eso no es hacer política, que por ese camino no se llega a ningún lado. O sí, se llega, pero nadie merece llegar a lados como ésos. Ya lo comprobamos una década atrás, y no nos gustó. Por eso estamos acá.
Además de la incapacidad para la construcción, la falta de política se deja ver cuando cuestionan la hegemonía del gobierno nacional. Cuando decían que el ex presidente Néstor Kirchner estaba “enfermo de poder” estaban demostrando ese desconocimiento, en los muchos sentidos posibles de este término. O cuando afirman sin ponerse tan colorados como Carrió (ya me preocupa su ausencia, hay que hacer algo) que no es conveniente darle todo el poder a la Presidenta, que hay que garantizar el equilibrio de poderes y otras sandeces por el estilo. ¿O acaso un político no se somete a la voluntad popular para tener una evidencia palpable del traspaso del poder soberano del pueblo? ¿O no consiste en eso la representatividad? Un político no puede negar la necesidad de poder, porque es eso lo que garantiza la gobernabilidad, es decir, aplicar el programa o modelo que se quiere llevar adelante. De eso se trata gobernar, de eso se trata la política. De tener una potestad de acción sobre la realidad de un país.
Y para todo esto hay que ser políticos, actuar como políticos y pensar como políticos. Proponer, gobernar, gestionar. Y eso hace que estas elecciones resulten tan extrañas. Y tan desproporcionadas a menos de un mes. Una Presidenta que sabe ser política ante un grupo desarmado que se niega a hacer tal cosa. Por eso estas elecciones son extrañas y también, maravillosas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El viejo truco de los viejos trucos

¿Quién no se acuerda de esa muletilla de Maxwell Smart, el Súper Agente 86? Cuando algún agente de Kaos lo burlaba en sus fechorías, con el tono de quien descubre una verdad inaccesible y a la vez evidente, apelaba a la célebre: “el viejo truco de…”. No abusaba del recurso humorístico. Cada tantos capítulos, para no saturar. Total Max tenía muchas salidas similares. En la Argentina de hoy tendría que usarla todos los días y a cada rato. Porque las constantes operaciones y movidas que realizan los opositores perpetuos ante las cámaras de televisión no son más que “el viejo truco de...”. Podríamos hacer un catálogo de trucos usados hasta el hartazgo en los últimos años, ordenados prolijamente por temas, fechas, horas del día, canales, titulares, personajes. Hay “viejos trucos” referidos a inflación, corrupción, inseguridad, autoritarismo, psiquiatría, confrontación, clientelismo, despilfarro, crispación, fraude, censura, hoteles, zapatos, aislamiento, catástrofe…
Para no ostentar de memoriosos, tomemos las últimas semanas desde las elecciones primarias del 14 de agosto. Lo primero que surgió de la derrota opositora es la denuncia de fraude. De autocrítica nada de nada. De repercusión, tampoco. Y tanto algunos opositores como periodistas de  medios gráficos y radiales invirtieron ríos de tinta y saliva en la operación. Y todo culminó con el informe oficial del Ministerio del Interior y del Tribunal Electoral en el que se descartaba toda posibilidad de fraude. Hasta el Presidente de la Corte Suprema de Justicia Ricardo Lorenzetti afirmó que nuestro país se ha caracterizado siempre por la transparencia electoral. En un montaje casi cinematográfico, de las denuncias de fraude se pasó en un solo corte al tema preferido del establishment, que ha inspirado muchas otras operaciones: la libertad de expresión. Mariano Obarrio respondió con duros términos al cuestionamiento que Florencio Randazzo realizó ante la contradicción entre el título y el texto de una nota que llevaba su firma en la tapa del diario La Nación. Como gallinas famélicas ante un puñado de maíz, todos se lanzaron a picotear ante la posibilidad de aparecer unos segundos en la pantalla chica.
Después ocurrió el secuestro de Candela y aunque parezca mentira, los casos reales también pueden ser utilizados como viejos trucos, por más dramáticos que sean. Al principio, entró como es de suponer, en el rubro inseguridad. Cuando todo terminó de la peor manera y después del despliegue miserable de muchos medios de comunicación en la cobertura casi en cadena, volvió, como era de esperarse, el viejo truco de la libertad de expresión. Esta idea surgió ante la posibilidad de establecer un protocolo en el trabajo de cronistas y camarógrafos para no entorpecer las investigaciones policiales. Tampoco tuvo eco.
En el rubro despilfarro se destacan las denuncias por la estadía de la Presidenta en un lujosísimo hotel de chiquicientas estrellas y meteoros en su reciente viaje a París. Un informe oficial del establecimiento tuvo que salir a desmentir tal versión. En el mismo rubro aparecieron rumores sobre la compra de una veintena de pares de zapatos carísimos que, ante la contundencia e importancia del hecho, nadie se preocupó de confirmar o desmentir. Contrafáctico: si Cristina apareciera oficialmente vestida con un sencillo batón, alpargatas bigotudas, cartera de La Salada y ruleros al tono, también recibiría críticas virulentas. Criticar tonterías es bueno para bajar el colesterol.
Un ítem interesante es el de las denuncias de corrupción. Seamos honestos: los denunciadores de este apartado tuvieron sobrado entrenamiento durante los años del menemato y por eso ahora están desconcertados porque no abunda materia prima. Las valijas de Antonini Wilson –que inauguraron la mini-serie-, el caso Skanska, las denuncias de Sadous y alguna que otra más no llegaron a buen puerto. No por ocultamiento, precisamente, sino por falta de sustento. Insisten, eso sí, con el caso Shocklender, porque pretenden matar varios pájaros de un tiro. Lástima que Sergio no era funcionario del gobierno porque en ese caso el viejo truco les hubiera resultado un poco más efectivo, aunque no tanto.
Y ya sobre finales de esta semana reaparece el favorito: la libertad de expresión. Cualquier cosa que se parezca a una amenaza -aunque tengan que forzar la realidad al máximo- de censura, se preparan para entrar en escena y representar el papel que mejor les sale: los ultrajados ante las arbitrariedades autoritarias del gobierno para controlar a periodistas libres e independientes. Lo de amenaza de censura es una exageración, porque ni eso ha habido. Sólo un juez que convocó a periodistas que escriben sobre economía en algunos medios para presentarse como testigos en una causa contra una consultora privada. Ah, y la presentación es voluntaria. Nada de policías, esposas, grilletes ni cepo.
Pero todas estas cosas no las hacen porque son malos. Simplemente se resisten al cambio porque no lo entienden. Se resisten porque creen que está bien resistirse. Están acostumbrados a ser hegemónicos, a generar el discurso único, a ser escuchados y leídos como voceros de la verdad, como luminosos y esclarecidos. Están habituados a ser intocables, incuestionables, infalibles. Tanto políticos como periodistas encuadrados en la oposición al Gobierno Nacional han dejado de ser hegemónicos. Ya no son escuchados y seguidos por las mayorías. Tan sólo por las minorías empecinadas en ver todo mal. Y esas minorías no cambian. Y ellos tampoco, porque se resisten. Por eso añoran los tiempos en que los viejos trucos daban resultado y podían construir la realidad como querían. Eran los buenos tiempos en que con tres viejos trucos volteaban a un presidente. En cambio, ahora ni siquiera pueden con el viejo truco de instalar un candidato para el 23 de octubre.





viernes, 23 de septiembre de 2011

Ya no somos los que fuimos

Desde unos días atrás habían comenzado a crecer las expectativas por la presentación discursiva de la Presidenta en la apertura de la 66° Asamblea de las Naciones Unidas (ONU). Los temas resultaban por demás de atractivos: Malvinas, AMIA, Palestina y sobre todo, la economía mundial. El lunes, en Rosario, Cristina hizo un pequeño entrenamiento de esgrima verbal con el gobernador de Santa Fe, el otrora anestesista y actual orador insufrible, Hermes Binner. Ya es sabido, quiso ir por lana y salió trasquilado (quienes no entiendan este dicho, consulten con el abuelo). Y eso sin mucho esfuerzo: simplemente enumerando logros de gestión.
Para los que nos sentimos atraídos por la política, escuchar, leer los discursos de los principales exponentes, tanto locales como internacionales, despierta mucho entusiasmo. Tan es así que el autor de estos Apuntes estaba tan ansioso ante la sucesión de expositores en la inauguración de la asamblea  como puede estarlo un fanático futbolero ante un partido de la selección en la final de la copa del mundo.
Algunos pueden pensar que esas intervenciones no son más que formalismos, palabras huecas discretamente eslabonadas, cháchara sin sentido. Muy lejos de eso, representan una exposición de principios, líneas de acción, bajadas discursivas, búsqueda de consenso. La presidenta del Brasil, Dilma Rousef, sostuvo una posición muy firme con respecto a la unidad de la región y a la importancia de las economías emergentes en medio de la crisis en algunos países del llamado Primer Mundo. Hasta puso en duda la capacidad de esos países para buscar soluciones a los problemas que ellos mismos crean.
El presidente norteamericano Barack Obama  no hizo más que jugar con la hipocresía que, por el lugar que ocupa el país en el escenario mundial, siempre sobrevuela en los discursos de todo presidente norteamericano. Y, por si fuera poco, ostentando la intención de buscar “la paz en un mundo imperfecto.  La paz que intentan construir en el mundo no es otra cosa que obediencia, aunque adornen sus dichos con palabras al estilo de soberanía, libertad, democracia, justicia, dignidad. La paz perdurable que pregonó Obama no es más que la obediencia ciega. Quien más habla de paz representa al país que más conflictos bélicos genera. También se dio el lujo de deslizar algunas frases “pacifistas” que pueden sonar como amenaza. “La forma en que las cosas funcionaban antes no será la forma en que las cosas van a funcionar”. Y agregó: “nuestros destinos están entrelazados; o nos salvamos todos o nos hundimos todos juntos”. Por si no se entendió, la crisis económica generada por sus propios desmanejos será solventada por todo el mundo. Hermoso mensaje de paz.
Después Felipe Calderón, presidente de México, sorprendió con los pormenores de su gobierno y los esfuerzos por disminuir la desigualdad a través de recursos del Estado. Una posición que sorprende en un mandatario que no es precisamente de izquierda. A continuación, el presidente francés, Nicolás Sarkosy, no aportó más que retórica y algunos conceptos que ni él mismo cree.
Y luego de más de dos horas de discursos en diferentes idiomas… Nuestra Presidenta. Aunque estaba un poco tensa, la fortaleza de sus palabras debería despertar una especie de orgullo nacional. No sólo reivindicó los principios que defiende en su gestión sino que se dio espacio para esclarecer un poco el escenario político y económico mundial. No fue muy destacado por la prensa local, salvo honrosas excepciones. Casi todos los medios se dedicaron a difundir el momento conflictivo de su exposición respecto a la soberanía de las islas Malvinas y la posibilidad de suspender los vuelos de Lan Chile con escala en Río Gallegos y destino insular. Pero omitieron la forma en que Cristina abogó por el otorgamiento a Palestina el estatus de nación con derecho a formar parte de la ONU. Por si no lo recuerdan, dijo que esa instancia era una garantía de seguridad para el Estado de Israel. Claro, es la forma en que las partes en conflicto puedan negociar en igualdad de condiciones y eliminaría la coartada para cualquier atentado. Y eso es muy importante. Hasta dedicó un párrafo para poner en cuestión el funcionamiento del Consejo de Seguridad de la ONU tanto por sus integrantes permanentes como por su derecho a veto, totalmente innecesario en el contexto internacional contemporáneo.
Con respecto al tema económico y sin intenciones de poner al país como modelo –aunque lo hizo- puntualizó algunos logros del modelo en curso desde el 2003, como la disminución de la relación entre deuda y PBI, la baja de los índices de desempleo y de pobreza, la aplicación de medidas por fuera de la ortodoxia económica mundial, entre otros. Pero también tuvo la “osadía” de cuestionar el funcionamiento de ciertos organismos internacionales, como las calificadoras de riesgo y reclamó la necesidad de reglamentar la manera de operar. Y, por si esto fuera poco, instó a los países miembros a tomar medidas que frenen el accionar del capital financiero internacional, que es el que ocasiona las crisis, dejando a los países en donde opera con índices de desocupación, pobreza y desindustrialización. En pocas palabras, invitó a frenar la especulación destructiva, que tanto daño ha hecho en el pasado y tanto hace en el presente.
En estos días posteriores a la presentación de Cristina en la asamblea de la ONU, fue imposible no hablar de ello. Los conceptos vertidos y recordados a través de los fragmentos televisivos no dejan lugar a dudas de su capacidad intelectual, su compromiso con la transformación del escenario regional, el alcance de sus ideales y, por supuesto, su capacidad de oradora. Muchos elogios provienen de algunos que no son sus partidarios, precisamente. A un mes de las elecciones nacionales y más allá de encuestas y pronósticos, los números serán un poco más generosos que los del 14 de agosto. Y por si esto no alcanzara, algunos están volviendo con el rabo entre las patas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Menem: el presente de un pasado nefasto

El tema del apunte de hoy es la absolución del ex presidente Menem. Casi una semana después. Es que costaba asimilar el mal trago. Llega justo para confundir, como siempre pasa con estas cosas. Pensar que todo es producto de una conspiración anti-K puede resultar paranoico. Pero en la forma como se explota el hecho puede esconderse su funcionalidad. Tampoco hicieron mucho los que se empeñan en hacer daño. Los exabruptos de antes son apenas estertores. Además, cualquier resolución tomada por el tribunal respecto del tema hubiera sido funcional a los opositores crónicos.
Más allá de eso, la absolución de todos los involucrados resultó violenta. No se esperaba algo tan absurdo. Muchos quisiéramos ver al ex presidente pagando su deuda con la sociedad después de diez años del peor gobierno desde la recuperación de la democracia. Algunos dirán: “eh, ¿y De La Rúa?”. Ese no tuvo la capacidad para torcer la inevitable explosión de la convertibilidad. Pero fue Menem el que inició la sangría que nos llevó a la ruina. Desde el punto de vista económico y político los diez años de menemismo, neoliberalismo en estado crudo, resultan deplorables. Para los que no lo vivieron o no lo recuerdan o están confundidos, desde el gobierno menemista se fomentó la peor forma de individualismo, egoísmo e in-solidaridad. La ley de la selva y el sálvese quien pueda fueron las máximas que guiaron ese modelo.
Desde el punto de vista ético se instaló la posibilidad del ascenso rápido y sin mérito, la fortuna fácil, el vértigo del enriquecimiento sin una pizca de vergüenza. El menemato significó el hombre al servicio de la economía en su peor versión; la Patria al servicio de buitres internos y externos era una consigna susurrada a gritos; la entrega de nuestra producción, nuestro patrimonio, nuestros recursos al peor postor fue la estrategia. Y como broche de oro, la corrupción escandalosa, despiadada, ostentosa. El ascenso meteórico como una burla  ante el deterioro económico y moral de nuestro país. Todo esto merece alguna condena. Menem es el representante de los noventa porque fue su hacedor, el que abrió la puerta a tanta mugre.
Indigna que sea senador; duele que algún compatriota lo vote, que sea cómplice de esa impunidad aberrante. Su absolución en la “Causa armas” parece un retroceso. Su sonrisa ante la resolución del Tribunal se transforma en una mueca triunfante, cínica. Estuvimos muy mal gracias a él por todo lo que permitió hacer de nuestro país. El innecesario indulto a los pocos genocidas de la dictadura que cumplían condena fue uno de sus golpes más duros, más perversos que ha tenido nuestra vida democrática y lleva su firma, en soledad, como una bandera, Su bandera. Y duele que eso se olvide.
Llama la atención que después de quince años que lleva esta causa, se resuelva justo ahora, cinco semanas antes de las elecciones y que los fundamentos del fallo se den a conocer recién en noviembre. Dudas, muchas. Desconfianza, un montón. Jugada política, tal vez. Devolución de favores por parte de los jueces, es probable. Para qué, ya es sabido.
Este fallo de impunidad es, para los perpetuos opositores, funcional al Gobierno Nacional. En La Rioja, el ex presidente (da vergüenza decirlo tantas veces) quería colgar su candidatura a senador en la de Cristina, a pesar de la incompatibilidad absoluta entre ambos modelos. Menem y Cristina no tienen coincidencia ideológica alguna ni podrán tenerla jamás, aunque el primero se crea peronista. El otrora caudillo riojano deplora todo lo que ha hecho el Gobierno Nacional en estos ocho años de gestión. Kirchner en muchos de sus discursos marcó los años noventa como el peor modelo económico y político aplicado en democracia. Los funcionarios del Gobierno Nacional podrían dar cátedra a partir de las críticas a ese modelo. La Presidenta constantemente señala lo que significó para nuestro país la última década del siglo XX y compara esos años con los que estamos viviendo ahora y los que vendrán, que seguramente serán mejores. Y por eso no dejó que se cuelgue. Por eso Menem no es un candidato K en La Rioja. Por pura coherencia, por sólidos principios.
Por esto y mucho más, resulta impensable que Cristina o alguno de sus colaboradores mueva un dedo para salvar el pellejo del riojano o alguno de sus cómplices. Pensar lo contrario es no entender nada de nada o ser muy pero muy malintencionado. Tampoco es sostenible semejante alianza desde la mera especulación electoral. ¿Cuántos votos puede aportar a la candidatura de Cristina? Nada. Ni desde lo numérico ni desde lo ideológico ni desde lo intelectual.
De cualquier modo, todavía los engranajes judiciales están en funcionamiento. A partir de la difusión de los fundamentos del fallo, vendrán las apelaciones, nuevas pruebas, otros testigos. No es la Justicia la que falla, sino esos jueces que fallaron por la impunidad. Quedan otras causas en las que está involucrado y son muchas. Lo que perturba es el presente. Que ese pasado siga siendo presente en la figura de senador se contrapone con las transformaciones que los argentinos estamos protagonizando. No aporta nada, casi ni va a las sesiones. Es el representante de un pasado nefasto, despiadado, inmoral. Que algunos le pongan un voto como representante es actualizar ese pasado. Lo que representa como pasado es incompatible con este presente. Si la Justicia no lo ha condenado, que sea el ciudadano que le niegue un prestigio que no le corresponde, que no se merece. Alguien así decidiendo nuestro futuro a través de leyes duele. Y mucho.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La hora del retorno

No tuvo tanta repercusión como esperaban, si es que esperaban algo de la presentación de Sergio Schoklender en la Comisión de vivienda y la de Asuntos Constitucionales de la Cámara de Diputados. Desde el comienzo, fue una reunión de derrotados. Más que aportar información, el informante otorgó consuelo. Sólo el peronismo disidente y el radicalismo apoyaron con fervor –casi fueron sus gestores- el nuevo capítulo de esta comedia de enredos. Como el geriátrico todavía no los acepta, tienen que jugar a la política por un tiempo más. Pero juegan mal, sin ganas y con mala intención. El imputado de un delito no va a aportar ningún dato en una causa porque sería una declaración en su contra. Todo lo que aporte será una especie de extorsión hacia otros. Pero es la Justicia el ámbito adecuado para ese tipo de presentaciones. El Congreso debería intervenir cuando la Justicia no investiga o cuando se está por presentar una denuncia. El Congreso no puede erigirse como tribunal en un caso así. Puede hacerlo para que vea la luz un caso oculto, pero no en uno que ha tenido tanta prensa. Y más aún sin la presencia de periodistas. En fin, una operación fallida desde el principio y que tiene como objetivo aprovechar los últimos días para desgastar al menos un poco la imagen de Gobierno Nacional.
En esta nueva operación político mediática el disparo es multipropósito. El Gobierno Nacional y algunos de sus funcionarios constituyen un blanco casi inmediato. La política de Derechos Humanos a través de Hebe de Bonafini es el otro. Y hay un tercer blanco que es la política de viviendas y el “derroche” que hace el Estado con el “gasto social”. Es un combo que hubiera dado buenos resultados en otro momento de nuestra historia, pero no en éste. Son justo aquellas tres cosas que hemos aprendido a valorar en estos últimos años: la política por encima de la economía y nunca más al revés; la memoria se recupera para no perderse nunca; y las políticas de Estado son necesarias para garantizar la equidad social. Para aprender estas tres cosas tuvimos que hacer una visita al infierno y caer bajo, muy bajo. Por eso el resultado de las Primarias. Y por eso también el de octubre.
Y estos derrotados nos subestiman permanentemente con estas operaciones. Piensan que van a convencer con estas cosas. Y eso que ya fracasaron varias veces. Ya es un aluvión de tropezones en la misma piedra. Esta es una de tantas. Tienen tiempo para un par más antes de las elecciones. Pueden buscar a  algún personaje que haga algo parecido a la operación Sadous y las aduanas paralelas con Venezuela. Eso tuvo en vilo a la audiencia por un par de semanas, pero no sirvió. La opereta de los sobornos por la aprobación del presupuesto duró lo que una bofetada de la diputada Camaño, que es quien preside la comisión de Asuntos Constitucionales, con mano firme, dicen. Y hay más, pero el exceso puede provocar efectos insospechados en el lector. Baste esta síntesis: fueron muchas operaciones de desgaste.
Pero parece que no se resignan al espacio que han perdido. Tal vez quieran perder más y batir algún récord. Seguramente, como saben que no van a ganar, boicotean. Hacen algo parecido a lo del perro del hortelano, que no come ni deja comer. Están dispuestos a perder la exigua legitimidad que les queda con tal de darse el gusto de oponerse. Ante la incapacidad absoluta de construir, destruyen. ¿Cómo se vuelve de un lugar así? ¿Cómo se recupera la representación después de las mentiras, las difamaciones, las traiciones, los insultos, las amenazas, los pronósticos injustificados?
¿Cómo puede cumplir una representación una diputada que revela que los funerales de Kirchner fueron organizados por Fuerza Bruta? ¿Cómo puede presentarse ante una cámara un periodista después de declarar que había sido amenazado de muerte ante la explícita broma de un blog? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que defiende los intereses del pueblo cuando se ha puesto del lado equivocado en conflictos y diferencias internacionales? ¿Cómo puede sonreir una periodista después de afirmar que la Presidenta le daba vergüenza de género? ¿Cómo puede un periodista recuperar un espacio prestigioso después de escribir los editoriales del diario Libre? ¿Cómo puede un diario recuperar la credibilidad de sus lectores después de haber mentido de manera tan descarada durante tanto tiempo?¿Les interesará volver?
¿Cómo construir después de haber tratado de destruir durante tanto tiempo? ¿Cómo mirar de frente a los ciudadanos después de haberles dado la espalda?
Por si no lo saben, después del 23 de octubre la vida continúa. Pero no puede continuar como hasta ahora. Ese domingo será la confimación de un rumbo elegido por la mayoría. Con críticas, sugerencias, correcciones todos vamos a seguirlo. Bueno, todos no. Quedarán aquellos que no sepan cómo superar el odio, el asco, la ambición hasta la angurria. Quedarán, en definitiva, aquéllos que no sepan cómo volver.

martes, 13 de septiembre de 2011

El hueso que faltaba: Schoklender recargado

Siempre se cuestiona al cine de Hollywood cuando explota de manera agotadora uno de sus tantos éxitos de taquilla con las archi conocidas continuidades. La semana pasada se estrenó Destino Final 5. También lo han hecho con El juego del miedo o con Rápido y furioso. Cuando no tienen historias nuevas para cautivar al público sacan de la galera una parte X para obtener al menos un modesto rédito.
Algo parecido ocurre en nuestra Hollywood vernácula, pero no en el terreno cinematográfico sino en el informativo. Schoklender vuelve recargado para rescatar del olvido a los desconsolados opositores. Más solo que nunca, el ex apoderado de Madres de Plaza de Mayo destila su peor veneno para encontrar un apoyo más mediático que judicial, para confundir más que aclarar. Todas las partes se sostienen, como si se estuviesen hundiendo en arenas movedizas. Unos intentan alcanzar unas monedas más en las elecciones de octubre. El otro, trata de repartir culpas como si de salutaciones de fin de año se tratara.
Sus abogados, Adrián Tenca y Horacio Pitreu, renunciaron a representarlo, cansados de las decisiones inoportunas del sospechoso de estafas a la fundación Sueños Compartidos. Su hermano Pablo hizo algunas denuncias en su contra. El desamparado Sergio debe asumir, como abogado que es, su propia defensa. Ante tanta soledad, la revista Noticias, protectora de las causas perdidas, brindó todo su apoyo mediático con una melodramática entrevista cuyo único fin no es informar, sino embarrar la cancha. Por supuesto, el eco de sus hermanos mayores no se hizo esperar y Clarín y La Nación bombardearon a sus acorralados lectores durante todo el fin de semana. Tampoco faltó en el sainete el rebote desbordado y desopilante de todos los medios afines y colonizados. Hasta Luis Majul declaró que su vida corre peligro. ¿Será de tanto pavonearse en la cornisa?
Parte de la oposición política, como no podía ser de otra manera, acudió presurosa para salir en la foto como un episodio de su malograda campaña de cara a las elecciones presidenciales. Nuevamente todos juntos detrás del bien común. Voraces, se lanzan a roer un escasamente jugoso hueso. Otra vez tratando de salpicar al Poder Ejecutivo sin darse cuenta de que son ellos los que más se manchan. Esta comedia los ilusiona y de ilusión también se vive.
Cada una de las venenosas denuncias presentadas por Schoklender –no ante la justicia sino ante Noticias- ya fueron desmentidas o minimizadas, tanto por Hebe de Bonafini como por sus abogados. El juez Norberto Oyarbide aclaró ya muchas veces que la titular de Madres de Plaza de Mayo no está imputada en ningún delito, porque es víctima de una estafa. Las cuentas bancarias en el extranjero ya fueron cerradas hace cinco años y nunca alcanzaron a tener las cifras que se fugaron de la Fundación Sueños Compartidos. Hasta se demostró la falsificación de una firma en documentos comprometedores.
Para transformar más en escándalo la estafa –y no conformes con hacerse eco de las denuncias hacia Hebe y algunos funcionarios del Gobierno- ofrecen el Congreso como escenario para que el victimario pueda convertirse en víctima. Nada es desechable si de ganar votos se trata y como la estrategia les funcionó muy bien en las primarias, la siguen utilizando en las generales. Por si no se entendió, la frase anterior es totalmente irónica.
En principio, no tiene nada de malo que el Congreso sea el lugar donde se aclaren aquellas cuestiones que preocupan a la sociedad. Esto resulta muy saludable para el funcionamiento institucional del país porque los diputados son nuestros representantes. Pero en los últimos tiempos –y más aún después del conflicto con los productores agropecuarios- la mayoría de estas instancias han sido sólo un circo de desesperados. Denuncias por aprietes a periodistas y medios y hasta el peligro de muertos por parte de encumbrados analistas mediáticos (Joaquín Morales Solá, por ejemplo). Denuncias infundadas por parte de diputadas que intentaron ser sobornadas sin ofrecimiento de soborno alguno para la aprobación del presupuesto.  Y hay mucho más que agotaría al lector de estos apuntes. Ahora, un nuevo capítulo se agrega a los manotazos opositores.
Desde el 14 de agosto, la oposición política ha perdido su rumbo y parece que no intentan siquiera recuperarlo. Están perdidos y no se encuentran. En lugar de replantear los ejes de sus propuestas para ofrecer a la comunidad una alternativa de gobierno, se han dedicado a denunciar fraudes inexistentes y a pelearse entre ellos, atomizando aún más lo que ya estaba desperdigado. Hermoso ejemplo de construcción política.
Esto que piensan como anillo al dedo, puede convertirse en un collar que los sofoque. O peor aún, ese anillo significa un compromiso con aquellos sectores que siempre estuvieron de espaldas al pueblo. De esos anillos que cuando se acomodan en el dedo no salen más, por colosales esfuerzos que se hagan.

sábado, 10 de septiembre de 2011

La rebelión de las máscaras

En muchos lugares es posible apreciar la recuperación de la discusión política, del intercambio de ideas, algo sustancial para el crecimiento de una comunidad. Sobre todo en los jóvenes, que tienen el irreverente hábito de poner energía en donde nosotros ya no podemos. Y encima los mocosos nos empujan, nos contagian y nos llenan de vida y colorido. Por supuesto, para entrar en el juego uno –que además de años lleva otras cosas sobre la espalda- debe aventurarse al debate de igual a igual. Mirar hacia el futuro que ellos quieren cambiar, dejar que unos chispazos de porvenir nos salpiquen, permitir que nuestras convicciones se sacudan un poco. El mañana es de ellos y nosotros podemos acompañar, apuntalar, aconsejar o ser un obstáculo que deben sortear o un trasto molesto que deben desechar.
Si convertimos su impulso en frustración futura estaremos ayudando poco. Como nunca uno puede ver estudiantes que están al tanto de los ejes de discusión, dejan de lado los detalles y se concentran en los puntos centrales de este proceso de transformación que se está operando en nuestro país. Y lo más importante: hacen oídos sordos a las máximas vetustas de sus mayores. Escuchan nuestra voz cuando propone un avance. Simulan escucharla cuando puede significar un retroceso. Para estar en sintonía con ellos, es necesario despojarse de todas las máximas que han ordenado nuestra vida. “No te metás”, que era el eje de un spot de campaña del UDESO; “los políticos son todos iguales”; “lo peor de este país es que está lleno de argentinos”; “no cambiamos más”; “nos falta cultura, mirá Europa que tiene chiquicientos años de historia” (estas tierras tienen más o menos la misma cantidad); “vos tenés tu idea y yo tengo la mía”; “es verdad porque lo vi en la tele”; “este periodista es objetivo”; “hay que olvidar el pasado y mirar hacia el futuro”, “acá nadie quiere laburar”; “somos así porque bajamos de los barcos”. No alcanzaría este espacio para elaborar un catálogo de máximas grabadas a fuego en nuestras cabezotas y siempre resultaría incompleto.
Desde que inauguré Apuntes discontinuos me han sucedido cosas extrañas. Felicitaciones a montones. Comentarios a granel y en muchos casos, sumamente enriquecedores. Pero también rechazo. Y no por las ideas que se vierten, con las que se puede acordar o no, sino por el simple hecho de su existencia. Aunque parezca mentira, a muchos les molesta escuchar una voz contraria a la suya; les parece inadmisible la existencia de ideas diferentes a las propias; les resulta inaceptable realizar una mínima modificación a sus convicciones. En estudios sociológicos de los años cuarenta y cincuenta, se sostenía que los individuos que se resistían a escuchar ideas opuestas eran los que pertenecían a sectores con poca instrucción. En cambio, aquéllos que poseían un nivel de estudios superior eran más afectos a prestar oídos a todo tipo de opiniones.
Sin embargo, uno puede tener experiencias que contradicen esa lógica. En las discusiones cotidianas puede apreciarse que, a veces, los más reacios a modificar un ápice sus convicciones son portadores de título universitario y algunas cosas más. Son los que dicen: “vos tenés tu idea y yo tengo la mía”. Escuchar algo así es doloroso. Significa tanto. Es un cierre definitivo a la construcción de una idea colectiva. Es como una muralla para la comunicación, que es construir algo en común. Esa frase es como el punto de partida para una vida ermitaña. Una frontera insalvable. La imposibilidad de un nosotros. Cuando hay una discusión bien intencionada, el resultado entre tu idea y la mía es nuestra idea. La idea compartida. Nunca el consenso, que es el triunfo de la idea dominante.
Pero tantos años de discurso único ha dejado una profunda huella en nuestro imaginario colectivo. El sentido común nos ha colonizado, anulando casi el buen sentido. Horas y horas de pantallas monocordes casi logran su objetivo. Hace unos años hubo un quiebre. Y empezamos a recuperar lentamente el dominio de nuestro buen sentido. Falta mucho. Pero hay un indicio esperanzador. Las máscaras se están rebelando. Ya no ocultan tanto como antes. No logran disimular la carroña que pretenden esconder. No pueden con tanto cinismo. Hasta se nota que son máscaras, cuando antes las veíamos como rostros. Se arrugan, se decoloran, se deforman, se mutilan, pero siguen siendo máscaras. Y se nota. La simulación ya no es efectiva. El histrionismo no resulta. La sobreactuación se evidencia.
Con el caso Candela quedó al descubierto una trama de intencionalidad macabra disfrazada de despropósitos. Lo que menos importaba era Candela. Por eso un periodista de C5N declaró que establecer un protocolo de cobertura periodística para casos así es limitar la libertad de expresión. La libertad para el vedettismo es más importante que la vida de una nena. La libertad de expresión también es la contradicción entre un título de tapa y el contenido de una noticia. La libertad de expresión también es que una periodista envejecida en todas sus dimensiones declare con énfasis que este gobierno va camino a convertirse en una dictadura. En estos y muchos casos más, la libertad de expresión es sólo la expresión de ellos, que sostienen la permanencia del discurso único, monocorde y simultáneo. Lo que defienden es SU expresión en detrimento de la de los demás. Los que esgrimen la bandera de la libertad de expresión son los intolerantes que no soportan una voz que disienta con ellos, que los contradiga. Son únicos. Pobrecitos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Un clásico y una analogía a la distancia

Anoche, como muchas noches, me dediqué a ver un clásico de aquéllos. Y no hablo de fútbol. Hago un paréntesis y me meto en un terreno apenas conocido. Hace muchos años, en fútbol, los clásicos eran los partidos disputados entre dos equipos representativos de una región geográfica: Ñuls-Central, Unión-Colón, Talleres-Belgrano, Racing-Independiente, Boca-River. Eran pocos, como debe ser. La monopolización de la pasión de multitudes en los noventa produjo una alteración en ese tema que parece irreversible. Como ese noble deporte se convirtió en hiper-negocio, todo se transformó en “clásico”. Todo no. Pero los periodistas deportivos, contaminados aún por ese espíritu mercantilista de los noventa, llaman “clásico” a todo partido en el que se enfrente un equipo de Capital Federal y provincia de Buenos Aires con Boca o River. Hasta que este último descendió de categoría, River-San Lorenzo era un clásico, como Boca-Racing y muchos ejemplos más. Nunca fue nombrado como clásico Boca-Ñuls o River-Central. El Boca-River era llamado como Súper Clásico. Algunos justifican este juego verbal desde la concepción de que son equipos con una rivalidad histórica. Todo equipo de fútbol tiene rivalidad histórica con sus adversarios, sino el campeonato perdería sentido. Es una malversación y sobre explotación del término “clásico” que habría que revisar o modificar, pues es un resto de la dominación cultural de los medios capitalinos por sobre el resto de la población.
Pero volvamos al tema de este apunte. Anoche vi  “State of the union” o “Estado de la Unión” del gran director norteamericano Frank Capra, del año 1946. Un director brillante inundado por el optimismo del ideal democrático del país del norte que ha dejado joyitas cinematográficas que merecen revisarse cada tanto. “Lo que sucedió aquella noche”, “Mr Smith goes to Washington” (“Caballero sin espada”) o la increíble “Qué bello es vivir” son muestras de su prolífica filmografía. No hay que olvidar esa increíble comedia de humor negro “Arsénico y encaje antiguo” que todavía sorprende por la ingenuidad de su morbo y el dinamismo de su trama. “Estado de la unión” no es de las mejores aunque el elenco encabezado por Spencer Tracy, Katherin Herpburn y Van Johnson ilumina la pantalla con sus sólidas  y naturales actuaciones. En este caso, no abandona la estructura argumental que casi siempre ha sido el eje de sus películas: el hombre del montón que protagoniza una gran historia. En “Caballero sin espada”, con James Stewart, ya había mostrado lo difícil que es para un hombre común mezclarse con el tortuoso mundo de la política y enfrentar la infinidad de rumores que pueden manchar a su persona.
En este caso, la historia es un poco diferente. La heredera de un poderoso diario, Kay Thornbunks, interpretada con muchos estereotipos de malvada por Angela Lansbury, encabeza la batalla política por colocar un hombre de su predilección para presidente del país. Sin ocultar sus preferencias políticas, sin disfrazarse de objetiva ni independiente, juega desde las páginas de su diario por el candidato que quiere en la Casa Blanca. Y hace todo lo posible para lograrlo. Aunque eso signifique negociar con lo peor de los integrantes de la vida política. No hay ideales en su accionar, sólo el triunfo es lo que inspira sus decisiones, una desmedida ambición del poder. Como títere de esta trama está Grant Howard, Spencer Tracy, un fabricante de aviones que jamás se interesó en la política, porque la ve sucia y corrupta. La propuesta de convertirse en presidente despierta de la nada sus ideales dormidos para encabezar el camino para un país mejor, para un mundo mejor.
Como siempre en las pelis de Capra hay un quiebre moral del personaje. Sobre el final Grant advierte en la mugre que lo están metiendo y frente a las cámaras de televisión denuncia la sucia trama pergeñada por la malvada Kay. A diferencia de otras obras, en donde el quiebre moral tiene dimensiones humanas, en este caso apunta a instalar a Estados Unidos como reserva moral de todo el mundo. En el contexto en que fue filmada tal vez esa exagerada posición esté inspirada en la intervención del país del norte en la Segunda Guerra. Pero resulta extemporáneo después de tantos años de historia.
De cualquier modo, lo que me pareció interesante de la película de Capra para destacar en este apunte es el personaje de Kay, la dueña del diario y también, de muchísimo poder. Desde el principio, se sabe que será la malvada, la manipuladora, la extorsionadora. Es la portadora de muchas cualidades negativas, pero en ningún momento se cuestiona el posicionamiento político que toma desde su medio de comunicación. Su condición de malvada no surge de sus preferencias ideológicas manifestadas abiertamente en las páginas de su diario. Al contrario, se muestra como “natural” que el dueño de un diario tome partido por un candidato. Los lectores siguen su publicación porque están identificados con los principios ideológicos que se difunden desde sus páginas.
Cuántas diferencias podemos encontrar con los diarios de mayor circulación de nuestro país, que se empeñan constantemente –aunque no lo logran- en ocultarse detrás de una prístina máscara de objetividad, independencia, transparencia informativa. Y lo peor, tratan de instalar algún candidato opositor no por ideales sino por conveniencia. Buscan –sin buenos resultados- al postulante que mejor le permita ejercer sus negocios sin control ni límites. Y los lectores terminan leyendo cualquier cosa.  

lunes, 5 de septiembre de 2011

Los medios y el mercado informativo

Si algo nos queda después del secuestro y posterior asesinato de la niña Candela Rodríguez, además de dolor y serios cuestionamientos a los métodos de prevención del delito organizado, es un necesario replanteo del accionar de los medios de comunicación en su rol informativo. Lo que está en discusión es la necesariedad de la insistente y morbosa cobertura que se da a ciertos hechos. Que los productores, conductores y noteros no tengan dudas sobre la manera de presentar en sociedad hechos de esta naturaleza representa una soberbia escandalosa y resulta más aberrante que el hecho mismo. Que la difusión constante de manifestaciones de los afectados, vecinos y “expertos”, hipótesis sin fundamento, versiones no chequeadas, rumores y filtraciones constituyan una contribución al bien común es una falacia fácilmente refutable. Que la presencia permanente de cámaras y micrófonos se convierta en un caos que obstaculice la investigación policial y sea funcional a los delincuentes puede poner en duda de qué lado están los medios en su función informativa.
La excusa es un lugar común. Algunos estudiantes de periodismo la pronuncian en clase como si fuera un descubrimiento. Algunos analistas de medios la mencionan pero no la ponen en cuestión. El despliegue que las cadenas informativas realizan ante estos casos, y que hasta hacen babear de placer a los productores periodísticos, se justifica con la idea de que eso es “lo que vende”. Lo que vende es la morbosidad, el regodeo ante la sangre, el escándalo, el dolor expresado en su más humillante condición. Es por eso que poner el micrófono ante una dolorida víctima los excita hasta el orgasmo. Y encima se justifican: eso es lo que vende.
A pesar de ser un concepto difundido tanto en los hacedores mediáticos como en el público, no deja de ser una falacia. En primer lugar, ningún espectador pasa su tarjeta de crédito o débito ni deposita moneda alguna en su televisor cuando mira ese despliegue des-informativo. Por lo tanto, no hay transacción monetaria alguna en ese consumo mediático. En este caso, “consumir” no significa “comprar”. Si el público no compra, entonces el medio no vende. Si el público consume es porque el medio produce. Esa debe ser la ecuación.
Por otro lado, está en vigencia la ley que regula el funcionamiento de los medios de comunicación. En su título ya aparece una palabra que constituye un cambio de paradigma sustancial: “Ley de servicios de comunicación audiovisual”. El término “servicios” no es un adorno ni un accidente. Es toda una definición. No dice shopping ni kiosco, ni mercado. Dice servicios. Y todo servicio debe servir, al menos en dos sentidos: estar al servicio de y ser útil. Todo, absolutamente todo lo que se difunda en los medios debe tener como objetivo presentar un servicio a la comunidad. Vender es un fin secundario y aleatorio de los medios pero no su principal objetivo. La idea del servicio debería actuar como una brújula que oriente a los hacedores de los medios de comunicación, sobre todo en su accionar informativo, pero no sólo en ese aspecto. Como brújula y también como límite. Lo que no es servicio, no sirve, no va.  
¿A quién sirvió la cobertura en cadena del caso Candela?¿A la víctima o a sus secuestradores?¿Fue una contribución o un obstáculo?
En éste, como en muchos otros casos, los medios excedieron su función informativa. Los noteros actuaban como detectives, fiscales, policías, jueces, psicólogos… como cualquier cosa menos como periodistas. Cuando se exceden en su función informativa, se produce una distorsión. Y es eso lo que ha quedado en evidencia. Informar es una obligación de todo medio informativo, es un compromiso, un servicio, una contribución. Pero la explotación sensacionalista, la insistencia en la construcción del miedo social, la difusión de los pasos a seguir de la policía en su investigación es más destructivo que el delito mismo.
Y ahora sí vamos al público. Existe una premisa no demostrada fehacientemente y que está referida al consumo de la cobertura de estos hechos. Antes se destruyó la idea mercantilista de “es lo que vende”. Pero queda preguntarse sobre su consumo. Si es verdad que mucha pero mucha gente permanece enganchada horas y horas viendo las incogruencias malintencionadas o no que produce este exagerado despliegue informativo. ¿El público consume lo que los medios producen o los medios producen lo que el público quiere consumir? O ninguna de las dos. Durante años han expresado las preferencias del espectador a través de una entidad numérica de dudosa procedencia y de esa forma justifican su destructivo accionar. Sería interesante revelar qué porcentaje de los espectadores televisivos comparten con los productores ese morbo sensacionalista y sanguinolento. Saber cuántos ciudadanos confunden dolor con espectáculo. Descubrir efectivamente si eso es lo que prefiere la mayor parte del público. Tal vez nos llevemos una sorpresa, lo que indicaría que la batalla cultural para la reconstrucción de un nuevo imaginario simbólico está dando buenos resultados y que estamos cerca de la victoria. Más de lo que pensamos.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La inseguridad de los medios

En esta semana, muchos medios hicieron gala de la peor actuación. No es que ahora se descubra eso ni que sea algo nuevo, pero en su desesperación, ni siquiera disimulan. Después del resultado provisorio de las elecciones primarias del 14 de agosto, trataron de instalar la idea del fraude, de la mano de los representantes de la peor oposición que se ha visto en los últimos veinti tantos años. Durante dos semanas impulsaron desde los titulares de las tapas de los principales medios la desconfianza hacia el escrutinio provisorio, sin preocuparse por respeto institucional alguno hacia una de las instancias fundamentales de la vida en democracia. El pico de esta andanada belicosa fue el cruce entre el Ministro del Interior Florencio Randazzo y un periodista del diario La Nación en el marco de una conferencia de prensa donde se anunciaba el resultado del escrutinio definitivo. El mayor cinismo: la respuesta es vista como un ataque. No hay posibilidad de diálogo ni de razón cuando desde un lado domina la enceguecida maniobra para desprestigiar a un gobierno. Que el título de una noticia contradiga su contenido es totalmente deshonesto y reprochable. Y también, poco profesional. Más aún cuando ese título está en tapa y tiene una difusión mayor que el cuerpo de la noticia. La mayoría de los lectores se quedan con el contenido del título. Cuando se hace un repaso de las tapas de los diarios en radio y televisión, se lee el titular, no la totalidad de la noticia. Por lo tanto, si el título miente, lo que se difunde es la mentira. Y ése es el reproche que hace el Ministro del Interior en la conferencia de prensa. Y el periodista, en primera instancia, se asume como responsable de la noticia y no del título. Después hace cualquier cosa. Sale a defender lo indefendible.
Como se ha dicho muchas veces en este espacio, lo que hacen es provocar. Llaman a gritos a un censor, como declaró Eugenio Zaffaroni en medio de la operación en su contra. Por supuesto que nadie en su sano juicio piensa siquiera en la instauración de una especie de tribunal de disciplina periodístico. Tampoco espera que estos medios hagan autocrítica y se rectifiquen de su mentiras y operaciones destituyentes. Lo que más exaspera es que se victimicen. Que se justifiquen con un extremo del cinismo. Que apelen a la libertad de expresión cuando es lo que menos les interesa. Una cosa es expresar una idea a partir del hecho y otra es presentar un hecho inexistente. Lo primero es un resultado natural de la democracia. Lo segundo es una mentira, lisa y llanamente. Y la mentira –no el error o la equivocación- es lo que debe desterrarse de los medios de comunciación. La mentira presentada como verdad es lo que socava la vida institucional de un país.
El otro hito mediático de la semana es el lamentable resultado del caso Candela. Culpar a los medios por el desenlace es un despropósito. Pero la participación que tuvieron a lo largo de los diez días en que la menor estuvo desaparecida merece una profunda revisión por parte de los actores. La transmisión casi en cadena durante horas de versiones, declaraciones, especulaciones, mentiras, hipótesis, filtraciones no aportó nada a la solución del hecho, sino todo lo contrario. Pero lo peor es haber explotado el suceso en función de la construcción de la inseguridad a la que son tan adictos muchos productos mediáticos.
¿Qué aporte a la comunidad han hecho con la cobertura del caso?¿Qué función cumple un notero que revela la intención de un operativo policial secreto que, por su difusión, está condenado al fracaso?¿Por qué un notero se asume como investigador policial cuando su función es simplemente informar?¿Cuál es el límite ético que tienen en un caso así?
Además, la presentación del hecho como un caso común de inseguridad es tener poco olfato o intenciones oscuras que evidencian su calidad de carroñeros. En un caso de inseguridad convencional, el blanco del delito puede ser cualquiera. Estos hechos se relacionan más con actores ocasionales y entra en juego la marginalidad y la exclusión. A mayor desigualdad social más posibilidades hay de que existan este tipo de delitos.
Candela no fue una víctima ocasional. Era un blanco seleccionado en medio de la trama turbia de una organización delictiva, un ajuste de cuentas entre bandas que existen por inoperancia o connivencia policial. En este tipo de casos, no hay azar y por lo tanto, son más evitables.
El delito social, ocasional se combate actuando sobre las causas de la exclusión. El delito profesional se combate con investigación, compromiso e inteligencia. En el medio de este caso aparece la funcionalidad de los medios, que tienen por costumbre naturalizar lo aberrante, más aún cuando benefician sus intereses corporativos. ¿Fueron funcionales a la solución del delito o a su fracaso?
En casos como éstos, los gerentes de noticias, propietarios de medios y demás actores de las cadenas informativas deberían acordar un protocolo para definir la forma de cubrir este tipo de hechos. Deberían saber que no es lo mismo el escándalo amoroso de una vedette que el secuestro de una niña de once años. No todo lo que ocurre en la sociedad debe ser “vendible” ni traducible en dinero. Alguna vez el periodismo deberá abandonar su avidez carroñera para afrontar con seriedad y compromiso su trabajo informativo. La sociedad desde hace mucho lo reclama, pero la sordera es monstruosa.

La Inquisición Amarilla

Que la sesión vacacional del Congreso para resolver la expulsión de Julio De Vido formó parte de la campaña ya es más que evidente . ...