lunes, 21 de agosto de 2017

Creer para reventar



A una semana del ensayo electoral conocido como PASO, la reacción de los ceócratas amarillos, acólitos y beneficiarios da más miedo que esperanzas. Si la información pública fuera veraz más allá de los posicionamientos ideológicos, muchos conciudadanos estarían indignados por la estafa del Cambio. Como no lo es, no lo están. Hasta reprocharían la celebración de un triunfo inexistente. Al contrario, un tercio sigue convencido de sus bondades, lo que no está mal si tuvieran todos los elementos de análisis necesarios para sostener esa convicción. Quizá la insistencia suene a redundancia, pero no hay que descuidar el poder de los medios para construir opinión pública ni la peligrosa ingenuidad con que muchos consumen sus productos. Tomar un dato falso para justificar una posición quizá nunca sea delito, pero no es el camino más saludable para una decisión soberana. La consolidación de la democracia precisa ciudadanos y no autómatas accionados a control remoto que someten su pensar al capricho de los guionistas de este drama.
Alguien dijo alguna vez que cuando el peón y el patrón votan al mismo candidato, el perjudicado es el peón. Sólo la confusión puede desencadenar semejante anomalía. Un transeúnte podría argüir que lo óptimo es que nadie salga perjudicado. Algo así como la ancha avenida donde todos marchamos felices al paraíso que nos merecemos. Un cuento de hadas que incluye un toque mágico que solucione los problemas sin despertar objeciones. El país unido donde todos tiremos para el mismo lado, hemos escuchado muchas veces. El florido sendero despojado de conflictos no existe en esta dimensión. Toda medida de gobierno dejará conformes y disconformes, sonrientes y tristes, beneficiarios y damnificados.
Lo esencial es considerar la finalidad, la motivación y la proporción del daño. Quiénes son y cómo quedan los destinatarios. Eliminar una ayuda económica a los más vulnerables para perdonar tributos a los más privilegiados es un ejemplo adecuado. Un planteo en estos términos no haría dudar a casi ningún peatón. Hasta los más ricos estarían en desacuerdo, siempre y cuando no sean ellos los que deban resignar parte de sus exorbitantes ganancias. Para que una decisión así sea aceptable en una sociedad debe ser presentada con algunos adornos y fundada en muchas falacias: meritocracia, sacrificio, resignación, castigo, derrame y demás delicias de la repostería no-política. Y, por supuesto, contar con una complicidad mediática capaz de amoldar el universo simbólico al pensar de los angurrientos. Gracias a este cóctel perverso, muchos ciudadanos se convierten en la gente, en buenos vecinos que aún creen que La Revolución de la Alegría está a la vuelta de la esquina.
El público quiere más
Filosofar sobre la ‘creencia’ siempre demanda litros de café. Creer en una deidad no requiere fundamentos; en un proyecto político, sí. Mover una montaña puede ser un desafío para la fe, pero lograr Pobreza Cero, República, Justicia y crecimiento por el camino del Cambio es un prodigio imposible para cualquier dios que se precie de tal. En este caso, la creencia deviene en credulidad. Cualquier diario que afirme que en un barrio de Gualeguaychú todos se parecen a Santiago Maldonado no merece ser comprado al día siguiente y menos aún ser tenido en cuenta para conformar la agenda informativa. Sin embargo, desde hace décadas publica absurdos parecidos y sigue siendo el Gran diario argentino, a pesar de los esfuerzos para dejar de serlo.
El problema no sólo está en los que escriben, sino también en los que leen. Si esta idea se extiende a todos los medios que blindan a los Gerentes es comprensible la dificultad para romper el hechizo: esa fascinación que se mezcla con distracción, indiferencia y desinterés para construir al individuo que, a pesar de los perjuicios cercanos, sigue confiando en el Ingeniero. Aunque la inflación no de tregua, el consumo sea un lujo y el horizonte prometa más angustias, no pierde la esperanza. A pesar de las evidencias, cree que esto es mejor que aquello. Y hasta está convencido de que no hay conflictos o que los que hay son provocados por los malos perdedores. Este individuo siente que sus venas estallan cuando los piqueteros cortan una calle por unas horas pero ni se inmuta cuando una gran avenida se interrumpe durante un fin de semana para un campeonato de asadores. Hasta aplaudió a los que tomaron las rutas durante la Rebelión de los Estancieros. Para alguien así, importa más quién es el que corta que el corte en sí.
Este buen vecino se enoja cuando la pantalla le dice; no es cuestión de desperdiciar ira en cosas que no lo merecen. Si los informes híper recontra chequeados de los domingos muestran la corrupción K, habrá que pensar que las empresas off shore, los escandalosos conflictos de intereses y el crecimiento patrimonial de los funcionarios M no son tan ilegales. Y si afirman que los mapuches son guerrilleros peligrosos habrá que justificar la cacería de los gendarmes y si la orden “tirale al negro” no suena demasiado republicana, habrá que ignorarla. Si alguien reclama por la desaparición de Santiago Maldonado, habrá que escupir un Jorge Julio López aunque no sepa demasiado de qué se trata. La demonización del otro no tiene límites ni argumentos, sólo credulidad.
Para que las cosas vayan bien, el buen vecino necesita creer en todo lo que provenga de las sonrientes bocas de los funcionarios PRO y sus apologistas. Si el verso del segundo semestre fracasó, la lluvia de inversiones te la debo y los brotes verdes se marchitaron, habrá que abrazarse a los veinte años que recitan ahora. Si Ellos afirman que son transparentes, habrá que ignorar las omisiones en sus declaraciones juradas. Si Ellos aseguran ser republicanos, deberá festejar cuando atropellan las instituciones. Si Ellos echan jueces que no resultan funcionales a sus fines persecutorios, será ésa la manera de lograr una Justicia Independiente. La credulidad es un viaje de ida que conduce a aceptar que se quiten los subsidios a los servicios públicos pero se multipliquen los destinados a los clubes de golf.
Cuando se empieza a creer, hasta Patricia Bullrich puede parecer apta para el cargo que ocupa, aunque haya eructado pavadas en el Senado para defender a las fuerzas de inseguridad que desaparecieron a Santiago. Todo es válido si Gendarmería se encarga de reinventar las pericias para convertir el suicidio de Nisman en un homicidio cometido por Cristina. Entre sus balbuceos, Bullrich destiló una idea reveladora: este gobierno cree en los DDHH. Claro que eso es una falacia más. Los derechos –todos- se conquistan, se construyen, se defienden, se consolidan. Como la Justicia o la Democracia: no son deidades en las que hay que creer. Ningún país se construye con creencias, sino con convicciones; no con crédulos sino con ciudadanos convencidos del camino que eligen.

jueves, 17 de agosto de 2017

Para los que aplauden tanta locura



Aunque los números no están confirmados, los especuladores celebraron, un gran supermercado congeló su latrocinio por unos meses y algunos dirigentes de la CGT demostraron su vileza. Después de las PASO, hasta Patricia Bullrich se envalentonó por su complicidad con la desaparición de Santiago Maldonado. Unos números amañados que dibujan un falso triunfo permiten continuar con las tropelías amarillas. Y algunos individuos de la CABA se preocupan más por un caballito en una mueblería que por una militante injustamente presa. Desde hace un año y pico estamos desbarrancado en todos los terrenos y una amalgama de símbolos nefastos atropella a la población sin piedad. Si el rumbo tomado por el Cambio aún no enciende las alarmas, el festejo burlón de los Gerentes de La Rosada SA y los pasos que darán para consolidar su núcleo duro deberían servir de advertencia a los que piensan seguir hechizados con la danza de los globitos.
Quizá erramos en la forma con la abundancia de metáforas; tal vez nos sobre prudencia o seamos demasiado civilizados. Como sea, no somos como Ellos. Por mucho menos de lo que hicieron desde la usurpación del gobierno,  los ceócratas que nos des gobiernan y la comparsa mediática que los parió estarían impulsando cacharreos callejeros en horario central. Cuando eran oposición, convertían un rumor en condena y los que somos opositores ahora esperamos que la balanza de la Justicia abandone su desequilibrio y frene la estafa que estamos padeciendo. Las excusas inundan nuestra excesiva paciencia. Si con todos los medios en contra, Cristina les dio un buen susto, cuánto podríamos hacer si hiciéramos convertir nuestras dispersas voces en una sola.
Ellos disfrazan de consenso el tibio apoyo que consiguen y presentan el tenebroso panorama que nos espera como un frondoso paraíso. Hasta logran que el ajuste sea visto como una vacuna y las visitas imperiales como una bendición al modelo. Cuánto hay que confundir el entendimiento para que los damnificados celebren el incremento de las tarifas que dan por tierra con cualquier presupuesto doméstico. Cuántas dosis de patrañas hay que inyectar para consolidar prejuicios que se resisten a las más contundentes evidencias. Cuántos padecimientos hay que mostrar para que perciban que la Revolución de la Alegría no es más que cotillón berreta.
A diferencia de Ellos, nosotros no gritamos a los cuatro vientos que los detectores de dictaduras a escala internacional están construyendo una ante nuestras propias narices. Ahora las corporaciones están felices porque pueden atropellar a toda hora nuestra dignidad y limitar nuestras libertades de acuerdo a las apetencias del Dios Mercado. No estamos en una dictadura, pero los Amarillos se esfuerzan tanto que podemos llegar a creerlo.
La venganza está en camino
Ningún gobierno democrático goza de buena salud si tiene presos más por lo que piensan que por lo que han hecho. Y más aún si los carceleros se vanaglorian por la arbitrariedad de esa prisión. Que el gobernador Gerardo Morales considere la liberación de Milagro Sala una “gran injusticia” es una muestra de eso. Y que agregue que “es vergonzoso que una delincuente tenga el privilegio de prisión preventiva en su mansión construida con plata del pueblo”, cuando es un salón desmantelado sin servicios es la provocación de una bestia sin límites.
Si a esto agregamos la defensa que la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich hizo de Gendarmería en el Senado por la desaparición de Santiago Maldonado, deberíamos estar temblando. La mentira tiene patas cortas pero puede rodar como una bola alocada cuando la hegemonía discursiva le da impulso. Aunque los mapuches se conviertan en las presas de una cacería encarada por fuerzas de seguridad al servicio de los terratenientes, la oficialidad gobernante insiste en presentarlos como peligrosísimos terroristas que hacen peligrar la República. Cuando el poder real gobierna, las víctimas se convierten en victimarios de sus desgracias.
Ahora que el establishment tomó las riendas del país las instituciones deben estar al servicio de sus vendetas si no quieren ser desmanteladas. La siniestra danza ejecutada entre el Consejo de la Magistratura y la Corte Suprema de Justicia para ubicar al juez camarista Eduardo Freiler a un paso del juicio político casi da escalofríos. Y todo por afirmar que los dueños de Clarín y La Nación deberían ir a juicio por la apropiación de Papel Prensa con delitos de lesa humanidad. Los que claman por una justicia independiente no paran de amoldar los tribunales a sus espurios intereses. ¡Qué mal vamos por este camino y cuántos se están dejando engañar! Los senadores deberían encargarse de poner las cosas en su lugar, si es que les da el cuero para rechazar el capricho de las corporaciones.
Si nada de esto hace dudar a los que aún esperan algo bueno del Cambio que presten atención al intento de adulteración de los resultados electorales. Por el titular del lunes convirtieron a cero a una parte de la voluntad ciudadana. Sin dudas, quieren tomar el Congreso por asalto para convertirlo en una escribanía en serio, por consenso o por amenazas mediáticas. Quien siga pensando que quieren nuestro bien debería despertarse de su nocivo letargo. Nada bueno nos espera si estos Jinetes del Apocalipsis siguen comandando el rumbo de nuestro país.

lunes, 14 de agosto de 2017

Un triunfo que no es tal



Las elecciones siempre inspiran alguna reflexión sobre la importancia de este acto cívico tantas veces extirpado de nuestra historia. Sin dudas, es el punto de partida del pacto entre el Estado y la sociedad. Ni más ni menos que eso, pero no debe quedar ahí. Si el ciudadano elige a un candidato es para que se preocupe por convertir en realidad todo lo prometido en campaña. Una obviedad de café trasnochado que parece no preocupar tanto a algunos argentinos. Quizá el pacto está malversado desde el principio y esos votantes saben que las promesas son más engañifas que verdaderas intenciones. O tal vez el poder de los medios bombardeadores de patrañas es tan monstruoso que logra que muchos ni cuenta se den de lo que en verdad está ocurriendo.  
Y está ocurriendo mucho: desde la brutal transferencia de ingresos de los sectores medios y medio bajos hacia los más ricos hasta el condicionamiento de futuros gobiernos por el inusitado endeudamiento externo; desde la destrucción sistemática de la producción local hasta la erosión de derechos elementales. Si no fuera por el todavía exitoso hit de la Pesada Herencia –entonado por el empresidente Macri y sus secuaces- gran parte de los votantes del Cambio estaría clamando por un retorno al pasado previo al balotaje.
Los ensayados y banales discursos de los candidatos oficialistas no tendrían efecto sin la predisposición del oyente a emocionarse con semejantes engendros. El cierre de campaña en provincia de Buenos Aires tuvo a su gobernadora como la principal candidata –aunque no lo era- y presentó a los integrantes de sus listas como a los invitados de su cumple de 15. Que haya dejado de gobernar para apuntalar a sus emisarios no despierta ni un gesto de indignación. ¿Por qué? Porque los medios hegemónicos no lo alientan. En realidad, los ejecutivos PRO asumieron la campaña como propia, aunque la ley electoral lo prohíbe. Hasta Macri transgredió la veda electoral llamando a votar por el Cambio poco después de emitir su voto, además de deslizar un insidioso comentario sobre CFK. Ignorante, además, porque estar a más de 500 kilómetros es una justificación para abstenerse del comicio. Si pueden pisotear las disposiciones legales es porque representan al poder y tienen la protección mediática suficiente para que estas tropelías se pasen por alto.
 Pero nada de esto sería posible sin la desatención de sus seguidores que buscan en los medios más la justificación de sus prejuicios que información veraz para erradicarlos. Una de las críticas habituales hacia el gobierno de Cristina apuntaba a los fondos destinados a los más vulnerables: los planes descansar, la “pibitas que se embarazan por la platita”, “los vagos que cobran sin trabajar” conformaban la síntesis de ese rechazo expresado por periodistas, caceroleros, representantes y estrellas fugaces en los medios de comunicación. Una de las más evidentes muestras de malversación de la opinión es que ahora nadie –o muy pocos- cuestionan eso, a pesar de que –a regañadientes- se mantienen. Al contrario, la ahora candidata Elisa Carrió expresó en campaña que el des gobierno de Macri ha incrementado la ayuda social y fue ovacionada por el mismo público que antes protestaba por eso. ¿Contradicción o manipulación? ¿O los votantes amarillos son tan cínicos como los gerentes de La Rosada SA?
¿Qué festejan los que festejan?
Algo falla en muchos de los extasiados con el Cambio, al punto de celebrar con estrépito un triunfo más fingido que real. Un público tan embelesado que aplaudía cada fábula del Ingeniero: que las cosas están mejor, que hay que confiar, que vamos juntos a la felicidad. Hasta se emocionaron cuando afirmó que nunca había agraviado a nadie. Como si no se hubieran enterado de los dicterios destinados a los abogados laboralistas, a los kirchneristas, a Milagro Sala, a Cristina, a los mapuches, a los jueces y fiscales desobedientes, a los trabajadores que resisten los especuladores despidos. ¿Cómo creer que no agravia quien construyó su personaje y conquistó su nefasto lugar en la historia a fuerza de agravios y calumnias; el que acusó a Cristina de asesinar a Nisman; el que se montó a la opereta contra Aníbal Fernández; el que sigue afirmando que asumió en un país fundido? Para creer en eso hay que estar muy colgado o pensar que el país se divide entre chusma agraviable y ciudadanos dignos. Para creer que Macri dice la verdad cuando de cada cinco palabras que pronuncia destila veinte mentiras hay que ser tan hipócrita como él o no entender nada.
Tanto Macri como sus funcionarios celebran una mejora en algunos de los números sin aclarar que la comparación es con el año pasado y no con 2015: presentan como un éxito lo que apenas es un rebote después de la crisis artificial que provocaron a poco de asumir. Además, llevan como bandera la lluvia de inversiones pero ocultan que en 2016 hubo un 64 por ciento de caída respecto del año anterior. Ellos acusan a los kirchneristas de soberbios cuando no son capaces de reconocer el fracaso de sus ya experimentadas recetas y son tan cínicos que brindan como si hubieran dado vida a una momia. Los fans –por distracción o complicidad- saltan, bailan y aplauden por un milagro inexistente. Y hasta lloran cuando Mauricio simula emoción al confesar cuánto le duele tomar medidas que sabe dolorosas. Los que se quejaban porque Cristina interrumpía la telenovela con sus discursos, pronto padecerán sobredosis de culebrones.
¿Qué festejan los Amarillos y sus votantes? ¿La pobreza creciente, la producción declinante, el mercado interno en agonía y el endeudamiento amenazante; que se consume menos leche y que más gente vive en la calle; que el diálogo se convirtió en represión y la pluralidad de voces en monotonía discursiva; que cada día hay un pibe más preso y que la sentencia mediática es el destino de los opositores? ¿Les parece a los votantes del Cambio que es para celebrar la cadena de disparates que inventaron para explicar la desaparición de Santiago Maldonado? Por si no se enteraron, los mapuches no son guerrilleros con vínculos internacionales ni quieren fundar una república aparte; tampoco quieren alterar la democracia ni perjudicar el turismo: son ciudadanos que quieren recuperar sus tierras arrebatadas por terratenientes foráneos. Por lo que parece, se olvidaron que en sus tiempos de caceroleos se emocionaban con Félix Díaz, uno de los caciques quom más funcionales al establishment y ahora tan olvidado como una pantufla vieja.
¿Tan alienados están o son tan cínicos como Ellos? Si acuerdan con todo sin dudar, si creen que lo que ven en la pantalla es más real que su entorno, si piensan que un entre todos hará aparecer a Santiago Maldonado -desaparecido por Ellos- forman parte de una de esas dos opciones. Si consideran que el triunfo del Cambio fue tan contundente como afirman los titulares del lunes, están tan extraviados que les costará encontrar rumbo o son cómplices de estos embusteros que están hundiendo el país en el peor de los pantanos.

jueves, 10 de agosto de 2017

Lo más feo del Cambio



Las estadísticas amarillas no se llevan bien con los números y menos aún con la realidad. Mientras los brotes verdes se marchitan, uno de los candidatos oficialistas quiso destacar los logros y no le salió muy bien. “El camino que hemos emprendido todos los días tiene un metro más de asfalto, una sala más, un pibe más que está preso”, ponderó Esteban Bullrich en una entrevista radial. El mismo que, cuando era ministro de Educación, en un acto en el sur, anunció una Campaña al Desierto pero sin espadas, después se presentó como gerente de Recursos Humanos y comparó a los docentes con cerdos. Un metro de asfalto por día es nada: apenas quince cuadras en cuatro años. Lo importante es la dirección que toma ese camino. Si el pre candidato a senador se enorgullece porque cada día hay un pibe más preso, no es difícil imaginar hacia dónde se dirige.
Las metáforas PRO siempre confunden. El “vamos juntos” que recitan como una fórmula mágica incluye mucha hipocresía debajo de la pátina de simpleza con que lo disfrazan. Así como “los homo sapiens extinguieron a los dinosaurios en equipo”, los Amarillos nos convocan para una gesta histórica. Eso sí, siempre y cuando aceptemos las reglas de juego que jamás sometieron a votación: para andar todos juntos por ese camino que crece metro a metro hacia no sabemos dónde, es imprescindible silenciar cualquier objeción; los damnificados por la aplanadora deberán aceptar gustosos el alquitrán caliente que vierten sobre sus cuerpos; el diseño del recorrido corre por cuenta de la casa y quienes adviertan sobre sus riesgos serán demonizados y condenados al ostracismo.
Lejos quedaron las promesas de “no perseguir al que piensa distinto”; abandonaron el diálogo para practicar la imposición; si los pronósticos fallan, el oficialismo mediático se encargará de dibujar una realidad más amable. A los opositores, los aporrean con titulares y a los que se resisten, les destinan palos, gases y balas. Para unos, los esbirros que disparan tinta y para otros, los acorazados humanos que no tienen un gramo de Humanidad. El pre candidato a senador por Buenos Aires, Esteban Bullrich, se quedó corto. El camino que empezó en diciembre de 2015 no se construye a un metro por día, sino a kilómetros por hora: en menos de dos años estamos a mitad de camino en un retroceso que jamás habíamos experimentado en democracia. La revolución de la Alegría nos espera al final de este túnel del tiempo, donde, harapientos y chapoteando en el fango, festejaremos las migajas que nos arrojan los conquistadores como si fueran tentadores manjares.
Mecanismos aberrantes
Las metáforas PRO desconciertan tanto que pueden resultar seductoras. Como opositores, se cansaron de cacarear por el aislamiento del mundo que provocaba el gobierno de Cristina. Ahora que nos han integrado, estamos prontos a convertirnos en la joya más preciada del mejor postor. El supermercado del mundo que prometía Macri nos ha trocado en consumidores de importados, siempre y cuando suspensiones, recortes salariales y tarifazos lo permitan. Lo que más destacan del Cambio los analistas internacionales es el endeudamiento brutal y la peligrosa bicicleta financiera, síntomas de una especulación que haría estallar a la economía más potente. Muchos se dan cuenta ahora que ese aislamiento era más una protección conformada por medidas como el control de divisas y del mercado externo y no una restricción a la libertad de mercado.
Ahora que estamos integrados las inversiones ni se asoman. ¿Quién puede tentarse con un mercado interno que se desploma y una situación social efervescente? Por más que flexibilicen al trabajador hasta hacerlo de goma, que eliminen todos los impuestos al capital y que faciliten la fuga hasta el vaciamiento, la especulación financiera rinde más que la inversión productiva. Y mientras sea más rentable importar que fabricar, las persianas bajas y las colas de desocupados se seguirán multiplicando. A pesar de esto, siguen apelando al “todos juntos” aunque muchos se queden en el camino.
Una integración tan adversa que sólo pueden mimetizar con las patrañas que instalan desde los medios hegemónicos. Apologistas del desastre, convierten en excusas sentencias persecutorias y en serias conclusiones, los prejuicios más inadmisibles. Por eso una candidata puede afirmar sin rubor que los opositores contratan “extras” para hacer de pobres o  desocupados para generar un clima de caos. Por eso los funcionarios pueden anunciar bonanzas que nadie avizora, mientras lo único que crece son sus cuentas off shore. Por eso el empresidente Macri puede desplegar ignorancia, cinismo y demagogia sin temor a reprimendas.
Sin dudas, los PRO nos integran al mundo de la peor manera: representan el papel de capataces que abren la tranquera a los poderosos o el de paródicos bravucones imperiales ante los países hermanos. Para que nadie dude de sus simpatías internacionales se sumaron al coro denunciador del chavismo y la paja en el ojo ajeno se convirtió en varias vigas en el propio. En poco tiempo, nuestro prestigio en DDHH se volvió vergüenza: los reclamos por la prisión ilegal de Milagro Sala incomodaron al Ingeniero en sus improductivas giras. Ahora que Gendarmería desapareció a Santiago Maldonado, Macri se abstendrá de asistir a la Asamblea Anual de la ONU, que está enterada del tema y exigió al Estado argentino su pronta solución.
Lejos de eso, los Gerentes de La Rosada SA tratan de desviar la atención, explotando una protección mediática que supera todos los límites. Si no es un video con alguien disfrazado para la ocasión lo más lejos posible del lugar de los hechos, presentan a los mapuches como terroristas con vínculos internacionales armados con hachas, cuchillas, boleadoras y teléfonos móviles para museo. Y por si semejante desvío no alcanza, dibujan un movimiento –el RAM- que quiere constituirse como república autónoma en el medio de la Patagonia. Como si su público fuera tan cautivo para tomar como ciertos tan disparatados peligros; como si el televidente fuera tan incauto para creer que alguien que quiere esconderse aparezca ante una cámara con la misma ropa y pose que en su foto más conocida; como si de verdad creyeran que el consumidor de tales usinas mediáticas puede justificar la desaparición de una persona por peinar rastras, ser artesano y visitar a los mapuches.
El engaño del Cambio está desnudo y los que siguen confiando en él será porque gustan de esa obscena desnudez. Si creen en sus farsas, se conmueven con sus propósitos y aceptan sus resultados es porque no son tan distintos de los sátrapas que coparon el gobierno. Si celebran la desigualdad, la estigmatización y las pulsiones represivas son tan amarillos como ellos. Pero a no asustarse: ésos son minoría. El 51 por ciento del balotaje ya no existe: el desencanto se encargó de reducirlo. Hay que ser muy amarillo para poner un voto a los que se enorgullecen de que más pibes terminen en la cárcel.

Creer para reventar

A una semana del ensayo electoral conocido como PASO, la reacción de los ceócratas amarillos, acólitos y beneficiarios da más miedo q...