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lunes, 22 de agosto de 2016

Un gobierno en contra del Pueblo



Después del fallo adverso de la Corte Suprema respecto al tarifazo, el Gobierno Amarillo tuvo que dar algunas volteretas para recuperar el equilibrio. Cabriolas merecedoras de alguna medalla en los Juegos Olímpicos ya finalizados. Lejos del apocalipsis que anunciaban y conteniendo el enojo del empresidente, los funcionarios tentaron su mejor rostro, como si coincidieran en todo con el dictamen judicial. En un santiamén, programaron una audiencia para mediados de septiembre, que es lo que deberían haber hecho desde el principio. Por prepotencia o desconocimiento institucional, durante cuatro meses tuvieron al país en vilo con esta telenovela. O con este intento de confiscación del bolsillo del ciudadano, como especifica uno de los Supremos en la justificación de su voto. Ante la adversidad política que significa el fallo, además de los gestos de circunstancia, los PRO torcieron por el camino de la no-política. Primero, buscaron distraer con un caso de corrupción interno y después apelaron al timbreo, una movida marketinera que dio buenos resultados en campaña. Y como siempre, echaron culpas a la pesada herencia, el rosario de excusas que aún convence al público -distraído o prejuicioso- que sigue encantado con la ceocracia gobernante.
El episodio de Juan José Gómez Centurión tiene funcionalidad en dos sentidos: debilitar el impacto del fallo de la Corte y demostrar a la sociedad vocación de transparencia. Después de considerar a un ex carapintada al frente de Seguridad y estacionarlo como funcionario en aduanas, ¿lo echan a patadas por una denuncia y una grabación? No es que no sea grave el cobro de coimas para facilitar importaciones sino que lo es menos que las cuentas off shore de Macri y muchos de sus funcionarios y el affaire de Michetti con la fundación Sumar y el robo en su casa. Este acting no sólo verifica una vez más que el hilo se corta por lo más delgado, sino que rompe con elementales normas físicas al ocultar lo enorme con algo pequeño.
Aunque los medios hegemónicos tratan de restarle importancia, tener un presidente off shore no es atractivo para los inversores. Que los grandes empresarios escondan las fortunas que evaden en paraísos fiscales vaya y pase, pero el presidente… El muerto se asombra del degollado, diría un abuelo. En realidad, es perjudicial para el conjunto ese capital ilegal porque sólo produce inequidad. Tener cuentas en paraísos fiscales no es un delito en sí mismo, pero lo sugiere: nadie esconde tanto lo que es lícito. Por eso, que el Ocupante Ocasional de La Rosada esté involucrado en algo así no es para tomar a la ligera. Algo similar ocurre con el robo del que fue víctima la vice presidenta Gabriela Michetti el 22 de noviembre, que se mantuvo oculto hasta algunas semanas atrás. De un simple hecho delictivo denunciado por la propia víctima surgen muchas sospechas: injustificables sumas de dinero como cosa habitual, una fundación sin empleados ni cuenta bancaria que recibe donaciones y una empleada doméstica explotada, pues cobraba cuatro mil pesos al mes por ocho horas diarias. Estos casos serían explosivos si no fuera por la complicidad mediática. Por mucho menos, echaron a Gómez Centurión.
Puntos sobre íes
Pero el fallo de la Corte los descolocó y deja al oficialismo en un lugar del que no se vuelve. Aunque sólo está destinado a los usuarios domiciliarios, deja abierta la puerta para que los sectores con representación organizada también puedan exigir audiencias públicas. Y que no sean un simulacro, advierte el Supremo Tribunal. Lo que más debe haber desconcertado al ministro de Energía es que el dictamen incluye el precio del gas en boca de pozo, algo que Aranguren eludió explicar ante los diputados. Claro, duplicar lo que reciben las grandes empresas del sector respecto al precio internacional es muy difícil de fundamentar. Esa transferencia arbitraria de recursos es un dato más para el conflicto de intereses que significa la permanencia del ex gerente y actual accionista de Shell como funcionario del Estado Nacional.
Entonces, los Amarillos intentaron amortiguar el impacto del fallo con el caso Gómez Centurión y, para reforzar la distracción, apelaron al clásico timbreo. Esta tradicional puesta en escena consiste en visitas sorpresivas de representantes y funcionarios de la fuerza gobernante a vecinos advertidos y predispuestos. Videos amigables en las redes sociales y sondeos amañados sobre un incomprensible apoyo de los ciudadanos es el resultado de esta impactante ceremonia. Una patraña más que quieren imponer para seguir engañando a televidentes incautos. Si la pérdida del poder adquisitivo del salario, la posibilidad de perder el empleo, la incertidumbre de las tarifas y el deterioro general del bienestar son consecuencias bien recibidas por las principales víctimas del Cambio, la psiquiatría social debería ser la carrera del futuro.
Nada de eso. Nadie puede estar de acuerdo con precarizar sus vidas para beneficiar a los que tienen de sobra y financiar inversiones que nunca se realizarán. Una encuesta de Analogías que se difundió el fin de semana sugiere que el 77 por ciento de la población está de acuerdo con el fallo de la Corte y que un 74 por ciento considera adecuadas las tarifas abonadas antes de la asunción de Macri. Probablemente, muchos sondeos de opinión darán resultados similares si están realizados con responsabilidad. Más aún cuando los incrementos propuestos superaban, en principio, el mil por ciento.
No sólo desde lo numérico el gobierno está descolocado sino también desde lo conceptual. En el fallo, los Supremos exigen que el incremento de las tarifas debe tener razonabilidad, lo que ubica al gobierno en el terreno de lo irracional. Además, contra todo lo que sostienen muchos integrantes del Gran Equipo, los servicios públicos no deben estar afectados por las angurrias del mercado y el Estado “debe velar por la continuidad, universalidad y accesibilidad”. Breve y en criollo: la electricidad, el gas y el agua no son mercancías sino servicios y el acceso a ellos es un derecho. Y por las dudas, por unanimidad, advierten que las audiencias públicas son de cumplimiento “imprescindible” para “el ejercicio de derechos por parte de los ciudadanos” y no deben servir para “legitimar decisiones verticales tomadas con anterioridad”.
El porqué de la severidad de esta Sentencia Suprema quedará como incógnita. Algunos piensan que las manifestaciones populares equilibraron un poco la balanza. Otros, que la Corte no podía fallar de otra manera, si su objetivo es garantizar la constitucionalidad de los actos de gobierno. Unos, suspicaces, que los jueces conocen los bueyes con los que aran y otros, que esto es un freno a la impronta prepotente de esta ceocracia. Como sea, convivir con los Gerentes de La Rosada nos está habituando a estar a la defensiva porque los manotazos vienen de todos los rincones. Y da un poco de alivio saber que la razón, el derecho y la legitimidad están de este lado.

jueves, 18 de agosto de 2016

Nuevos fracasos de las tretas amarillas



En las últimas encuestas, la inflación y el deterioro de la situación económica desplazaron a la inseguridad como preocupación principal. Con forzado optimismo, todo un logro. Con conciencia crítica, un perverso artilugio del marketing. Con sensibilidad social, un drama real que reemplaza a la imposición virtual. Con mirada política, una estafa que se ha convertido en una peligrosa trampa. Mientras tanto, los conflictos se incrementan y Macri no recibe calidez ni de sus seguidores. En lugar de buscar un acercamiento, profundiza la grieta con un blindaje que no sólo es mediático, sino también material. Para justificar tanta desconfianza, inventa ataques y exagera amenazas, pero sólo logra la sobreactuada victimización de un paranoide. Sin embargo, del otro lado del globomundo, los peligros son reales y evocan los peores momentos de nuestra historia.
El departamento de una periodista revuelto como producto de un apriete, una granada en las cercanías de la casa de una jueza, familiares de víctimas de la dictadura perseguidos en una ruta, abogados de Tucumán y Catamarca acosados en sus viviendas, Milagro Sala presa por delitos insostenibles y prejuicios inconfesables son mensajes mucho más claros que una piedra que no fue. Un clima enrarecido al que nos habíamos desacostumbrado. Desde uno de los canales del establishment, un periodista apologista del oficialismo esputa delirios sobre conspiraciones y coloca a CFK y Sabbatella como orquestadores de las manifestaciones adversas que recibe Macri en actos públicos. Los jueces que con sus fallos han frenado el tarifazo son acusados de kirchneristas, como si eso, de ser cierto, fuera un atroz delito. Las presiones a los miembros de la Corte no surtieron efecto. La persecución simbólica y judicial continúa en los medios hegemónicos para mimetizar como un lastre del anterior los desastres que el gobierno actual está generando.
Desde el momento de su asunción, el Gran Equipo comandado por el empresidente no ha hecho más que provocar una crisis para justificar los ajustes aprendidos del manual de Milton Friedman. El modelo creado por el economista estrella de los ochenta que profundizó la desigualdad con la legitimación del casino financiero ha vuelto a estas tierras con una versión sospechosamente acelerada. El premio Nobel de Economía enseñaba cómo utilizar las catástrofes climáticas, los conflictos bélicos y la inestabilidad política de algunos países para enriquecer a los especuladores. Una crisis es el escenario y el endeudamiento es la herramienta para someter a los pueblos a la angurria financiera. Un país con deuda controlada, industria creciente, bajo desempleo y contención estatal no es el mejor escenario para estos experimentos. Por eso, desde el 10 de diciembre, el Gobierno Amarillo ha decidido desfinanciar y endeudar el Estado, empobrecer a los ciudadanos, desmantelar la industria y reducir el consumo: la escenografía ideal para que el fracasado recetario resurja de sus cenizas para revivir el pasado.
Motivos para el desencanto
Por si alguno no entiende bien la película que estamos protagonizando, aquí va una síntesis: el Poder Económico gobierna nuestro país por voluntad soberana de sus ciudadanos. Lo de voluntad soberana es una exageración porque la fórmula ganadora en el balotaje engañó a los votantes durante la campaña, evitando revelar sus verdaderas intenciones. Y lo sigue haciendo, aunque ya no sale tan bien. Si todavía hay dudas sobre esta afirmación basta mirar el video donde el ministro de Energía, Juan José Aranguren, trata de justificar el tarifazo ante las comisiones de la Cámara de Diputados. No hay bien común en las palabras del funcionario, sino ganancia empresarial. No hay conflicto de intereses, aunque haya sido gerente de Shell y siga siendo accionista de esa compañía petrolera. Al contrario, han sido los intereses de esa empresa los que lo han colocado en ese lugar y sólo habrá conflicto si alguien piensa desplazarlo.
Sin intermediarios, traducciones ni anestesia, la lógica empresarial busca imponerse como sentido común en pos de la difusa meta del desarrollo, la inversión y la Pobreza Cero. Una ecuación que exime a los más ricos de sus obligaciones impositivas e impone al resto un encarecimiento brutal de sus vidas. El paraíso de una minoría y el purgatorio para la mayoría. El resultado de esto es un infierno de desigualdad que sólo puede sostenerse con la ilusión de un futuro lejano pero promisorio. Y cuando esta vana promesa se torne insostenible por el barro del presente, nada mejor que una buena dosis de bastonazos para incrédulos, ansiosos y protestones, aunque superen los setenta.
Si no funciona la promesa, el manual aconseja el miedo: rechazar los ajustes es poner palos en la rueda; la reapertura de paritarias traerá más inflación; sin el descomunal aumento de las tarifas nos quedaremos sin energía; si no abaratamos el salario, no vendrán inversiones; si no liberamos el comercio exterior estaremos aislados del mundo, aunque nos invadan chucherías que hundan nuestra industria. Los que acumulamos décadas sobre nuestros hombros evocamos las expresiones de circunstancia de los ministros de turno suplicando paciencia y reclamando nuevos sacrificios para salir de un pantano cada vez más denso.
El miedo comienza a copar el discurso de los portadores del cambio. Miedo a los palazos, a un atentado, a un escrache, a los despidos, a la falta de gas, al populismo. Miedo al vecino que parece muy K, a tener una idea solidaria, a soñar un futuro mejor. Atemorizados obedecemos mejor. Así nos quieren: dóciles para esquilmarnos más. Algo se percibe en el ambiente que sugiere que esta vez fracasarán en el intento de llevarnos a la ruina. Un empresidente blindado indica una ruptura del pacto republicano. Un representante que desconfía de sus representados esboza la proximidad de un divorcio. Y como el malestar es creciente y las respuestas son burlas, los próximos meses serán tan tumultuosos que extrañaremos como nunca aquellos dulces tiempos que hasta de la memoria nos quieren extirpar.

lunes, 15 de agosto de 2016

El final de la Alegría



Desde tiempos inmemoriales, las piedras alimentan nuestras metáforas. Por su dureza, son sinónimo de fortaleza y por su frialdad, de ausencia de sentimientos. ‘Cara de piedra’ puede expresar la desvergüenza o el exceso de hipocresía. Una piedra puede ser el inicio de una construcción o una herramienta para comenzar a destruir. También tapa un bache del camino o contribuye a obstruirlo. La piedra puede inmortalizar a una persona o lapidarla para siempre. La piedra: arma primitiva o material para el arte. Muchas cosas se pueden hacer con las piedras, desde expresar un rechazo hasta orquestar una mentira. Y en estos tiempos de cambio, las piedras no sólo son materiales, sino también simbólicas. Si Macri esperaba flores por sus irrespetuosas apreciaciones respecto a la dictadura y si pretendía elogios por sus medidas, entiende menos de lo que se supone. Pero no hubo piedras la mañana del viernes, sino la violencia represiva de un gobierno que se aleja cada vez más de los que confiaron en sus propuestas de campaña.
Encuestas de todos los colores confirman lo que se respira en las calles: las expectativas ante un nuevo gobierno dan paso a la decepción. La pesada herencia, los bolsos de López y las indefinidas trapisondas de Lázaro Báez ya no alcanzan para conformar a un público que percibe que las cosas no marchan bien. La tozudez con que Macri intenta imponer un nuevo cuadro tarifario es lo que más desconcierta a muchos de los que creyeron en la Revolución de la Alegría. Este extraño capítulo del cambio evidencia lo que muchos sospechan desde hace unos meses: no hay manera de disimular que gobierna para favorecer a los más ricos en detrimento de los que menos tienen.
Por más que el relato oficial trate de convencernos de que pagar mucho más es el único camino para solucionar la crisis energética que no teníamos, el bolsillo se resiste a tamaño sacrificio, más aún cuando es acosado desde muchos frentes. Por más que sometan a algunos vecinos de la CABA a sospechosos cortes de electricidad, no han logrado demostrar que con tarifas infladas todo se solucionará. La treta de posicionar como víctimas a los distribuidores de servicios no está dando resultado. Por eso, Macri trata de buscar consenso en el arco político para presionar a los miembros de la Corte y que avalen el desmesurado incremento.
No para beneficiarnos, precisamente. Pagar más por los servicios es el nuevo capítulo de esta colosal transferencia de recursos hacia los más ricos que estamos padeciendo. Si poblar nuestra mesa es mucho más caro que antes de la asunción del empresidente, en la devaluación, las retenciones cero y la eliminación de los cupos de exportación habrá que buscar las respuestas. Que comprar a diario un litro de leche signifique casi un 10 por ciento del salario mínimo es una distorsión que excede cualquier explicación económica. Después de beneficiar a los aliados agroexportadores, el Gran Equipo quiere congraciarse con sus amigotes de otros sectores empresariales a costa de nuestro bolsillo y nuestra dignidad. Nosotros somos los menos importantes en esta Revolución de la Alegría que ya lleva ocho meses.
Flores en lugar de piedras
Hasta en La Rosada reconocen que el consumo está cayendo de manera alarmante en muchos rubros esenciales. Según la subsidiara local de la consultora Kantar Worldpanel, los hogares argentinos han disminuido sus compras en un cuatro por ciento en el primer semestre en comparación con el mismo período del año pasado. Esta empresa internacional insospechada de kirchnerista, en su último estudio sobre el gasto de los argentinos, además de revelar este promedio de caída, realiza una segmentación de la población de acuerdo al nivel de ingresos y sugiere que el cambio no nos afectó a todos por igual. “El único nivel socioeconómico que pudo sostener su consumo –indica el informe Consumer insights- fue el alto+medio, que comprende el 22 por ciento de la población”. No sólo lo mantuvo sino que lo incrementó en un uno por ciento, a diferencia del bajo inferior que debió reducirlo en un nueve por ciento.
La memoria evoca el spot donde el Macri en campaña prometía que íbamos a estar cada día mejor, con el puño de su mano derecha haciendo un enérgico gesto de optimismo. La magia de los globos nos metió en un túnel oscuro donde muy pocos disfrutan de la luz. Sólo la indiferencia más cruel puede inspirar festejos por los resultados de la ceocracia macrista. Desocupación creciente, recesión, nuevos pobres, persianas que bajan, locales vacíos conforman el decorado de una postal penosa. Destacar estos aspectos no es poner piedras en el camino ni abusar del pesimismo, sino observar la realidad sin los adornos del marketing.
Y no hay que ser un experto para concluir que estamos mal y vamos mal. Si los miembros del Gran Equipo creyeron que llenando las copas de los más ricos se iba a producir un benefactor derrame, hoy deben estar defraudados en su buena fe. Los inversores esperan nuevas señales para producir la lluvia de dólares tantas veces prometida y el shock de confianza que parecía portar Macri no ha sido tan efectivo. Hasta el JP Morgan –cuna económica de Prat Gay- desalienta a sus asociados a destinar parte de sus fortunas en un país donde el mercado interno se ha deteriorado tanto y el apoyo a la nueva gestión cae día a día.
Un colorido abanico de encuestas señala que la imagen positiva de Macri decrece cada vez más, a pesar de la complicidad de los medios hegemónicos que minimizan los desaciertos y decoran el escenario con caricaturas de la pesada herencia. Más de la mitad de la población no ve con buenos ojos lo que está pasando y empieza a descubrir el engaño del que ha sido víctima. Las excusas ya no alcanzan cuando las sombras invaden nuestra vida cotidiana. Y menos aún cuando nos exigen más sacrificios de los ya realizados.
Si hay piedras en el camino del cambio, son las que el propio gobierno está poniendo. Si el ocupante ocasional de La Rosada recibe abucheos en sus actos públicos, no es por un exceso de agresividad en los malos perdedores. Si la única manera de contener a los excluidos es la represión, no esperen palabras de aliento. Si pretende que aplaudamos el innecesario ajuste que estamos padeciendo, está mirando el canal equivocado. El viernes no hubo piedras en Mar del Plata, sino las flores de la resistencia que pugnan por recuperar la dignidad que en poco tiempo han borrado de un plumazo.

jueves, 11 de agosto de 2016

El enemigo interior



El número es lo que más interesa a los ocupantes ocasionales de La Rosada. Todo pasa por las cifras, más aún cuando van acompañadas de signos monetarios. Las demás no importan: pobres, desaparecidos, desocupados son variables que arruinan el paisaje neoliberal que el empresidente sueña para nuestro futuro. Su mira está puesta en un pasado distante, muy lejos del siglo XXI que tanto incluye en sus recitados. Un mundo de patrones absolutos, trabajadores sometidos y millones de sumergidos en un mar de miserias y de indiferencia. Un país sin ley gobernado sólo por la prepotencia de unos pocos que se creen dueños de todo. Un coto de caza a disposición de depredadores desenfrenados. Y lo más peligroso de todo: un gobierno al frente de un Estado fuerte presto a defender los intereses de esa minoría a costa de horadar los derechos de la mayoría.
A Macri no le quedan máscaras. En ocho meses, se sacó todas y su verdadera fisonomía ha quedado al descubierto. El rostro relajado de la campaña se transformó en el inflexible semblante de un cerbero. Las frases de autoayuda van dejando lugar a definiciones más severas. Los sutiles simulacros se convierten en obscenas patrañas. Las conmovedoras invitaciones a la unidad quedan demolidas por las constantes provocaciones que saturan sus tartamudeos. Ahora ya no quedan dudas de su ideario respecto a todo y lo que estamos padeciendo no es consecuencia de ninguna pesada herencia, fatalidades o designios divinos, sino de las medidas tomadas por su nefasto Gran Equipo.
Algunos consideran que ya se sabía lo que Macri pensaba sobre el salario, los controles, el comercio exterior, la dictadura, la patria, como si la sorpresa estuviera fuera de lugar. Esta es una manera de naturalizar el engaño del candidato. Si uno revisa los spots de campaña o el debate previo al balotaje no encontrará promesas de tarifazos, ajustes, despidos, inflación o deterioro abismal de nuestras vidas. Al contrario, negaba hacer lo que finalmente hizo. Y para peor, hizo mucho más de lo que pensábamos. Sin el maquillaje que ya no existe y el blindaje mediático que perdura, Macri no hubiera pasado la primera vuelta. Un contrafáctico que los recientes sondeos alientan: una tercera parte de los que votaron por él, hoy no lo harían.
No es para menos: el que no perdió su empleo, se siente amenazado por esa posibilidad; quien no cerró su negocio, está pensando en hacerlo; quien no redujo sus compras cotidianas está planeando vacaciones más económicas. Muchos de los que consideraron el cambio como alternativa de gobierno experimentan su error en el creciente deterioro de sus vidas y el optimismo que los encandiló en el cuarto oscuro contrasta con las sombras que enturbian el futuro.
El peor rostro al descubierto
El insostenible episodio de las tarifas de los servicios pone en evidencia el lado en que se sitúan. Lejos de defender nuestro bienestar, nos invitan a renunciar al lujo de calefaccionar nuestros hogares o pagar las consecuencias tarde o temprano con gran parte de nuestros ingresos. Con porcentajes de más de tres cifras, preservan a capa y espada la rentabilidad de las empresas distribuidoras de energía. Y los discursos oficiales nos llenan la cabeza con excusas y falacias: si hay problemas con la energía eléctrica, no es en su generación, sino en la distribución que está a cargo de un puñado de inescrupulosos que no ha invertido en proporción con sus ganancias; si no producimos el gas necesario para nuestro consumo, ¿por qué YPF aumenta la distribución de dividendos y deja de explotar pozos rentables?; exhiben como zanahoria el cuidado del medio ambiente cuando en realidad quieren reducir el consumo interno para generar saldos exportables.
Para fundamentar el saqueo de nuestros bolsillos, el empresidente afirma que en ningún lugar del mundo se subsidia la energía o que pagamos menos que en otro país. En casi todos los puntos del planeta la energía se subsidia porque los servicios no deben quedar en manos de las angurrias del mercado. Que el Estado garantice el acceso al confort a un precio razonable demuestra preocupación por los ciudadanos. Si su prioridad es llenar las arcas de las empresas, estamos ante un serio problema de representatividad. El operativo Hacer más ricos a los ricos incluye un simulacro de audiencia pública sólo para explicar por qué debemos aceptar facturas saqueadoras. Eso sí: ni durante el gobierno anterior ni en éste lograremos conocer cuáles son las ganancias reales de esos empresarios que siempre parecen estar perdiendo plata.
Y este hueco informativo no existe sólo en este tema porque los números enloquecedores se extienden a todo lo que consumimos. Desde la asunción de Macri, la inflación se ha disparado a niveles históricos y ha dejado muy atrás el incremento logrado en los salarios. Distintos gremios exigen la apertura de las paritarias para recuperar poder adquisitivo, pero ya sabemos que eso habilitará una nueva escalada de los precios. Mientras no sepamos qué racionalidad hay en los precios y el porcentaje de rentabilidad de cada uno de los actores de la cadena de comercialización nunca podremos encauzar nuestra economía doméstica.
Menos aún si el gobierno está empecinado en preservar los privilegios de los que no están dispuestos a invertir las inasibles cifras que fugan de manera incansable. Los candidatos de rostros angelicales se han convertido en guardianes del egoísmo ilimitado del Poder Económico. Ya está claro que no representan a la mayoría y eso constituye una distorsión de nuestra vida democrática. El consenso logrado en el balotaje es producto del fraude de una campaña insincera que escondía las verdaderas intenciones del cambio.
Para ocultar todo esto, los jueces cómplices buscan traición a la Patria en la desechada denuncia de Nisman en lugar de hacerlo en el gobierno amarillo. Esta es la verdadera traición que estamos padeciendo: la de un conjunto de gerentes que ha copado La Rosada para desangrar el país. La Revolución de la Alegría resultó ser la restauración conservadora más bestial que hemos experimentado. No sólo desde lo económico sino desde lo conceptual. A la extemporánea idea de la guerra sucia y la calificación de desquiciada a Hebe de Bonafini, se suma la concepción de la dictadura como “algo que nos pasó”. A él no le pasó porque estuvo del otro lado.
La dictadura no pasó sino que fue una herramienta del establishment para tomar el control de la economía y poner el país al servicio de su enriquecimiento. La empresa familiar de Macri fue una de las principales beneficiadas y creció gracias a la alianza con los dictadores. Por eso habla con tanta liviandad sobre el tema y trata de instalar la desmemoria en los distraídos. El sinceramiento tan cacareado deja al desnudo las verdaderas intenciones del Gran Equipo. Que en otros tiempos hayan recurrido a un golpe de Estado y ahora hayan apelado a las más sofisticadas estrategias de manipulación es sólo un detalle. La oligarquía de siempre está otra vez al frente del destino del país con los más modernos disfraces del siglo XXI y, si no nos despabilamos a tiempo, nos someterán a sus angurrias para hundirnos en las angustias de un pasado no tan lejano.